Momento tácito
Lo que no te dicen es que, cuando el tiempo inicia otra vez, se mueve más rápido para compensar.
- Edward Bloom
Cuando Mar del Plata ofrece una noche cálida hay que aprovecharla. Estábamos entonces entre tango, candombe y folclore del lento. Los cantantes repasaban las letras anotadas en sus papeles y le daban indicaciones al más guitarrista de los músicos. Desestructurado, el público se sumaba, si quería, a corear los estribillos. Algunos conocían enteras las canciones, pero se notaba que hace años no las escuchaban.
Tras el turno de una voz femenina que dejó impregnado el ambiente con su sutileza, alguien expresó —a modo de agradecimiento por la belleza de la situación— «Qué hermoso momento están creando». Yo no creo que le faltara razón pero, para mí, nombrarlo redujo el momento a cero. Fue como si de repente me pusiera sobrio, como si me quitaran el amor, como si sonara el despertador interrumpiendo el sueño. Creo que lo lindo era no darme cuenta, encontrarme seducido por el entorno, perderme en mi cabeza y engañarme con la posibilidad de vivir ahí para siempre.
Ahora entiendo que lo que yo deseaba era un momento tácito, que puede no anunciarse nunca o hacerlo sólo a la distancia. No se trata de un evento completo, como puede ser una cena con amigos o una mañana en la playa. Tampoco consiste en aquello que se presenta tal y como todos lo esperamos: no se expresa en un atleta levantado sobre los hombros de sus compañeros, luciendo una medalla de oro recién obtenida; no se manifiesta en ese momento del recital en que se escuchan las notas iniciales de la canción que todos fueron a escuchar. Puede ser planeado, pero debe haber riesgos, con improvisación y tensión entre dos o más personas.
Por supuesto, si suenan redoblantes que lo anuncian, nada funciona. Pero tampoco puede suceder de la nada. No aparece un momento tácito al encontrarse a un amigo que no veíamos hace mucho, si esto ocurre por pura casualidad. Se vive solamente cuando es una sorpresa para el otro, cuando nos la jugamos a que no le guste, cuando existe la posibilidad de desafinar o de elegir la canción incorrecta. Lo sienten, por ejemplo, los enamorados cuando una parte fuerza un momento de juego y la otra lo recibe naturalmente, sin observar el juego pero entrando a jugar.
No se trata tampoco de un rato ni de un instante. El tiempo que rodea al momento tácito es inevitable, pero no es él mismo. Deben existir, por supuesto, la peña, la cena en pareja, la juntada con amigos; pero estos sólo son los contextos en los cuales surgen la canción correcta, el juego de enamorados o la anécdota graciosa. Éstas expresiones, a veces más planificadas que otras, son la encargadas de elevar el ambiente hacia lo más alto, hacia un instante de vida: la experiencia estética del final de la canción, o de su frase más bella; el beso que acaba con el juego de pareja y revela el truco; la risa que emerge del remate de una anécdota puntual y hace doler la cara de tan buen humor.
Desde ya, cabe advertir que el momento tácito debe, de manera necesaria, lograr elevarse hacia un instante de vida; pero no para aferrarse a éste ni celebrarlo de forma explosiva sino permitiendo que éste, el punto más alto de esta experiencia, vaya aterrizando lentamente, sin hacerse obvio en su desenlace, impregnando a los involucrados con su belleza para que sólo puedan darse cuenta de lo vivido mucho más tarde. Probablemente esto ocurra ya como recuerdo, sólo accesible a partir del instante en que las partes se despiden anhelando no hacerlo.